BRECHA INVISIBLE ENTRE SALARIO MINIMO LEGAL Y SALARIO MINIMO ETICO.
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Por PEDRO LEYTON RODRIGUEZ
Perito Contador Auditor, Ingeniero Comercial
Socio activo del Colegio de Peritos Profesionales de Chile A.G.

La economía de mercado es la más eficaz para promover el bienestar dejando al hombre libertad de opciones y por tanto, la responsabilidad de un funcionamiento coherente de la misma economía.
En nuestro país desde hace ya bastante tiempo la iglesia católica puso en el debate público el valor del Salario mínimo y puso como tema principal la ética, poniendo inclusive el nombre de salario mínimo ético a su propuesta. Para esta apreciación y debate corresponde analizar el escenario del ingreso mínimo en nuestro país, en el contexto de la economía que la iglesia cree y estima pertinente. La economía de mercado es el instrumento más útil y eficaz para satisfacer las necesidades del hombre. Ella le permite crecer trabajando. El hombre, en efecto, para vivir debe trabajar y el resultado de su trabajo está unido a sus talentos, a sus esfuerzos y, por qué no, también a su fortuna. Trabajar es un derecho, pero también es un compromiso. La economía de mercado permite al hombre desarrollar su trabajo de modo productivo e incluso elegir como hacerlo, donde hacerlo, cuando hacerlo. Ella se funda en la libre iniciativa privada, en el sentido de que un particular persigue finalidades económicas entrando en competencias con otros particulares (capitalismo). Se diferencia de la economía publica, que se funda por el contrario, en programas formulados por el Estado para dirigir la vida económica del país.
Por estas razones, la economía de mercado es, incluso con sus imperfecciones, el instrumento más eficaz para utilizar los recursos disponibles en la naturaleza y transformarlos en soluciones a las necesidades del hombre; la economía de mercado estimula de hecho la iniciativa y la creatividad del hombre para producir y vender, y por tanto, comprar lo que le es útil en las condiciones más oportunas y en plena libertad; solo si esto no ocurre (por que se producen “presiones”) el mercado comienza a funcionar de modo distorsionado y a influir en el comportamiento del hombre en vez de servirlo. Los principios sobre los que se funda la economía de mercado son los capitalistas.
La existencia humana no puede prescindir del trabajo y el trabajo ayuda a dar un sentido a la propia vida. Pocas cosas dan más significado a la vida que el trabajo. Estudiamos para trabajar, somos educados para trabajar; descansamos para trabajar, nos preocupa cómo trabajar, nos desespera no poder trabajar. Se diría que en el hombre hay ansias de trabajo; mejor, una especie de comprensible frenesí. El trabajo es prioritario en los pensamientos del hombre, no solo un servicio útil a la familia y a la sociedad, casi una forma de obsesiva afirmación de si, de adquisición de poder, o seguridad, o dinero. Esta obsesión esta, sin embargo, justificada también por la gran cantidad de costes fijos que el hombre de este siglo se ha impuesto (o se ha visto imponer) y de los que no puede prescindir ya: no se puede reducir el coste por estar en el mundo como el mundo requiere. Se deben soportar costes de alquiler o préstamo, coche, escuelas, alimentación, seguros, vacaciones indispensables, estética, consumos obligatorios según el propio estatus... Habría que decir que el poder soporta el coste de la existencia que está en el trabajo.
Parece, en efecto, mirando alrededor, que el valor del ciudadano viene dado por su poder y/o saber participar en el mantenimiento del coste de las estructuras de la sociedad y de toda la humanidad: apenas llegado al mundo, un hombre vale en función de sus gastos futuros y de sus consiguientes rentas. Incluso hay que asombrarse de la contradicción que representa el fácil sacrificio de seres humanos en el seno materno, mediante el aborto, que elimina valiosos productores de renta futura.
Juan Pablo II en la encíclica Laborem exercens hace una declaración fuerte que en cierto modo responde a la pregunta sobre si el sentido de la existencia está o no en el trabajo: "Hecho a imagen y semejanza de Dios en el mundo visible y puesto en él para que dominasela tierra, el hombre está por ello, desde el principio, llamado al trabajo [...]. El hombre, creado a imagen de Dios, mediante su trabajo, participa en la obra del Creador [...]. El hombre, trabajando, debe imitar a Dios, su Creador." Dado que el sentido de la existencia humana reside en la búsqueda de la salvación, está claro que esta pasa por el trabajo.
Las reglas de utilización de nuestro trabajo no las establece un particular o el Estado, las establece la lógica de la economía. Esta, como hemos visto antes, puede ser dejada en manos de los ciudadanos privados, y se llama economía de mercado, o bien puede apoderarse de ella un grupo organizado de personas que establece reglas que no responden a las leyes del verdadero mercado. Este último modelo económico se puede encontrar tanto en una situación de monopolio (que puede haber sido establecida por un Estado dirigista que gestiona la economía), como en una deformación de la competencia privada en la que un particular llegue a tener, incluso lícitamente, una posición tan dominante que influya en la demanda y en la oferta. Este sistema no respeta la naturaleza del libre mercado porque quita al hombre la libertad --- y las cargas --- de comprometerse individualmente para satisfacer la propia vocación para el trabajo.
La economía de Estado planifica las necesidades de los ciudadanos y su satisfacción, pero esta también obligada a regular toda actividad económica y, consecuentemente, toda la libertad de los individuos. Bastaría esto para que cualquier persona con sentido común desconfiase; pero existen personas que no toleran que alguien tenga más que otros o tenga mayor éxito que otros, tal como ocurre en el mercado libre. Consideran que solo que el Estado puede ser justo en la distribución de las satisfacciones y de las responsabilidades, por eso defienden el papel del Estado, incluido el asistencial. Sin embargo, esta esperanza --- o aspiración --- no debería subsistir ya: la economía dirigista de los países comunistas ha fracasado y la llamada economía mixta o asistencial de las naciones europeas está gravemente enferma; sobrevive solo en los países que son todavía ricos, donde parte de la riqueza producida gracias al mercado es transferida a la contribución de ciudadanos que, por razones varias, quedan fuera de las rígidas reglas del mercado que no habrían consentido tal derogación.
La transferencia de riqueza, llamémoslo solidaridad, para proteger a quien es más débil, es normal e incluso debida en una sociedad civil que puede permitirse este lujo.
Cuando esta transferencia se convierte sin embargo en una formula política y social y la gestión misma de la transferencia, mediante los gastos públicos, produce despilfarros y abusos --- que son cubiertos con más impuestos y con servicios públicos cada vez peores o cada vez más a cargo de los ciudadanos ---, la burocracia absorbe cada vez más ingresos y los impuestos se hacen intolerables. Es el colapso de la economía. Además, el Estado asistencial contribuye a que el ciudadano no asuma su responsabilidad e incluso a limitar sus potenciales capacidades personales, su creatividad, en resumen. El Estado empresario, empleador, protector de la vejez, de la salud, de la instrucción, suprime en realidad las opciones libres y las responsabilidades personales y no expone al individuo al necesario y oportuno riesgo por las propias elecciones. La intervención del Estado en economía no solo desanima la iniciativa privada y produce despilfarros e injusticias, sino que deja a los trabajadores indefensos y dependientes. En fin, produce más pobreza.
La riqueza no es más que el resultado del trabajo del hombre, de su esfuerzo. Lo que cuenta es como se ha creado y que uso se hace de ella. Es un medio, no un fin, y es útil --- es fácil imaginar cuanto --- para hacer el bien. La riqueza material por sí misma no hace en absoluto mal si el rico es desprendido y la usa también para hacer el bien. El dinero para hacer el bien no es nunca suficiente: ¿con que pensamos que son sostenidas tanto obras de beneficencias y misericordia como hospitales, escuelas, ayudas a los pueblos pobres? Las ayudas públicas no son nunca muchas: si no existiese la disponibilidad de los mecenas se habrían puesto en marcha muy pocas iniciativas. ¿Por esto, desde una perspectiva cristiana, que debería hacer un rico para ir al Paraíso?. En este sentido, si es capaz de ello, debería hacerse más rico y hacer más bien.
El rico permite crear y distribuir más riqueza y bienestar para los demás: de hecho paga los impuestos, crea puestos de trabajo. Si, además, es un hombre con criterio, desarrollara un sentido de responsabilidad para con los menos afortunados. Este rico, además no es rico porque ha explotado al prójimo o ha obtenido beneficios ilícitos, sino que es un rico porque ha trabajado bien y ha sido también afortunado; por esto, consiente del factor fortuna, beneficia a quien ha sido menos afortunado que él. La pobreza sufrida y no querida, no lo olvidemos, no es un mérito, lo mismo que la riqueza no es un demerito. Si, además, el pobre envidia al rico por los bienes que él no posee y lo considera explotador, es pobre dos veces. La pobreza digna, siempre en sentido evangélico, hay que quererla y no soportarla (y ser envidioso). La pobreza a secas no produce bien alguno para nadie y es irresponsable no evitarla, cuando sea posible, con mayores esfuerzos y sacrificio. El pobre evangélico no es aquel que no tiene dinero sino el que lo tiene y se ha desprendido del, es decir, no lo idolatra, no hace de el un fin al que perseguir por sí mismo. Sentirse rico o pobre, en el fondo, es la medida de una comparación con los demás, con la comunidad en que se vive, entre lo que se tiene y lo que se quisiera tener. Si esta relación es aritméticamente mayor que uno, se siente uno rico, si es inferior, se siente uno pobre. Desde este punto de vista, pobreza o riqueza, no son datos objetivos, sobre todo si son compensados por otros valores que valen más que los recursos financieros.
La igualdad en economía se basa en la libertad de poder ser todos ricos, no en la de permanecer pobres. Imponer por fuerza o por ley riqueza o pobreza iguales para todos, significa destruir la libertad, cometer una injusticia. Libertad es poder perseguir los propios fines personales sabiendo que estos son diferentes para cada hombre. De otra manera se genera o justifica una igualdad forzada y artificial. El ansia igualitaria en estos tiempos de globalización empuja a los mejores a producir o a estudiar donde son apreciadas y exaltadas las capacidades propias; esto representa un perjuicio para quienes no tienen tantos talentos. Debemos a la cultura marxista --- que ha predominado en los últimos cuarenta años en las escuelas, universidades y libros --- este torpe igualitarismo que ha convencido un poco a todos para que consideren injusta la diferente disponibilidad de riquezas respecto a una hipotética igualdad original entre los hombres ( que son ,si, iguales, pero solo ante Dios en cuanto a hijos suyos). Este pensamiento ha llevado a los más débiles a considerar que si existe alguien que tiene más es porque ha quitado a otro. Poniendo así fin a sus aspiraciones inteligentes.
Esa posibilidad está garantizada ante todo por ellos mismos si se esfuerzan, si se preparan y si saben afrontar el sacrificio, el riesgo. Hay quien quisiera imponer la igualdad forzada hasta apagar estas ansias. El mundo de hoy es más selectivo en los resultados que en las posibilidades de obtenerlos. Esto explica porque la mayor parte de las personas con éxito no son hijas de personas con éxito, sino que son personas dotadas de varias y diferentes cualidades, que se han comprometido con todas sus fuerzas empleando sus talentos. El secreto está en dar a todos la posibilidad de formarse y arriesgarse. Como ocurre en los E.E.U.U. donde para proveer el sostenimiento económico de los jóvenes de talento pero sin medios están a disposición numerosas becas públicas y privadas y todo tipo de ayuda financiera por parte de los bancos. La riqueza de una nación se basa en las capacidades de sus miembros: permitir a todos demostrar esta capacidad es una opción, de perspicacia política, no altruista. En el plano humano, el éxito en las actividades profesionales mediante la utilización de los propios talentos es mucho más fruto de la voluntad, de la tenacidad, del sacrificio y de los esfuerzos hechos, que de la sagacidad, de la fortuna o de las ventajas del patrimonio. Estos valores quedan así reforzados. En nuestro mundo lleno de oportunidades, sin embargo, existen y existirán siempre hermanos desafortunados. Habiendo aprendido, sin embargo, gracias a las raíces cristianas de nuestra cultura, el concepto de dignidad, estos no se manifiestan como tales y no se les ve pidiendo limosnas. Los verdaderos pobres, en esta época, si queremos encontrarlos debemos buscarlos.
Quizás todo el preámbulo, y análisis del escenario y sus raíces basadas en el capitalismo desde los orígenes del conocimiento, movidos por la industria nos lleven a pensar cuál es la diferencia que se busca en este tema central de ensayo en que se quiere demostrar la brecha invisible que existe entre el salario mínimo fiscal y el ético. Esta brecha debe ser explicada tomando como base los parámetros e ideas de la iglesia, pero en que se basa la iglesia, en populismo, en cifras reales estadísticas.
Para cada uno de nosotros, el mercado laboral es el que tiene influencia sobre el trabajo que conseguimos y el salario que nos pagan. Las empresas deciden cuánto trabajo piden, y cuanto menor es el índice salarial, mayor es la cantidad de trabajo demandada. Los hogares deciden cuánto trabajo ofrecer, y cuanto más alto es el salario que se paga, mayor es la cantidad de trabajo ofrecido. El salario se ajusta para hacer para hacer que la cantidad demandada de trabajo sea igual a la cantidad ofrecida.
Cuando los salarios no se mantienen ajustados a la subida de los precios, los sindicatos presionan a los gobiernos para que los salarios suban. La regulación impuesta por el gobierno que hace ilegal cobrar un salario por debajo de un nivel determinado, se llama salario mínimo.
Los efectos del precio mínimo en un mercado dependen vitalmente de si el mínimo impuesto está por encima, o por debajo del precio de equilibrio.
Un salario mínimo que esté por debajo del precio de equilibro no tiene efecto. La razón de que sea así es que el precio mínimo no constriñe las fuerzas del mercado. La fuerza de la ley y las fuerzas del mercado no están en conflicto. Pero un salario mínimo que esté por encima del precio de equilibrio tiene efectos importantes en el mercado. La razón es que el precio mínimo intenta impedir que el precio regule las cantidades demandadas y ofrecidas . La fuerza de la ley y las fuerzas del mercado están en conflicto.
Cuando se aplica un precio mínimo a un mercado laboral, se denomina salario mínimo. Un salario mínimo que esté por encima del salario de equilibrio crea desempleo.
En el precio de equilibrio, la cantidad demandada es igual a la cantidad ofrecida. En el mercado laboral, cuando el salario está en el nivel de equilibrio, la cantidad de trabajo ofrecida es igual a la cantidad de trabajo demandada. Pero con un salario por encima del salario de equilibrio, la cantidad de trabajo ofrecida supera la cantidad de trabajo demandada -- se produce un excedente de trabajo. Por consiguiente, cuando el salario mínimo se establece por encima del salario de equilibrio, surge un excedente de trabajo. La demanda de trabajo determina el nivel de empleo, y el excedente de trabajo significa desempleo.
En el precio de equilibrio, la cantidad demandada es igual a la cantidad ofrecida. En el mercado laboral, cuando el salario esta en el nivel de equilibrio, la cantidad de trabajo ofrecida es igual a la cantidad de trabajo demandada. Pero con un salario por encima del salario de equilibrio, la cantidad de trabajo ofrecida supera la cantidad de trabajo demandada -- se produce un excedente de trabajo. Por consiguiente, cuando el salario mínimo se establece por encima del salario de equilibrio, surge un excedente de trabajo. La demanda de trabajo determina el nivel de empleo, y el excedente de trabajo significa desempleo.
Para respuesta del tema referente a la brecha a continuación se muestra un gráfico con la brecha invisible que la iglesia puede estimar y que este alumno cree importante ilustrar en el efecto del salario mínimo sobre el desempleo.

En los Países, la generación de empleo está supeditada por diversas variables de carácter microeconómicas y macroeconómicas, la teoría señala que una contracción en la economía ya sea por variables endógenas y exógenas impactan directamente en la generación de empleo. En nuestro País, la desaceleración económica ha generado impulsos en el desempleo nacional, particularmente por la baja de los precios internacionales del principal commoditie que importamos, el cobre. Si a ello le sumamos la incertidumbre que ha generado las reformas vinculadas al ámbito laboral, las desconfianzas que estas han despertado entre el gobierno y los privados y la incapacidad del ejecutivo para generar incentivos a la inversión, se presenta como variables internas importantes y que son conducentes a la contracción económica.
En ese sentido, para comprender la propuesta de la iglesia católica referente al planteamiento del establecimiento del llamado sueldo ético, es que resulta atingente analizar el gráfico propuesto para comparar las brechas que se generan entre el impuesto salario mínimo fiscal y el salario ético.
Observamos que la legislación sobre el salario mínimo es una de las causales de la generación de desempleo, la legislación al obligar a pagar a los trabajadores no cualificados y sin experiencia un salario superior al de equilibrio, eleva la cantidad ofrecida de trabajo y reduce la demanda. El exceso de trabajo resultante entonces representa el desempleo, tal como lo indicamos en el gráfico. Otra variable a considerar es la del tiempo que tardan los trabajadores en encontrar el trabajo que mejor se ajusta sus cualificaciones y gustos y preferencias. Un aumento del sueldo ético por sobre el sueldo de equilibrio, impulsaría a una sobre oferta de búsquedas de empleo, lo que hará que las cifras de desempleo reales se vean impulsadas ocasionando una tendencia a la baja en de los salarios situados por sobre el sueldo de equilibrio.
Sin dudas que la discusión respecto al salario mínimo llego para quedarse en nuestro País. Lo cual ha reflotado el planteamiento de la iglesia católica, en torno a la necesidad de un sueldo ético, es decir, aquel establecido sobre una convención entre los que legislan y los que pagan, sobre lo que éticamente una persona necesita como mínimo para vivir en condiciones de dignidad.
Las autoridades nacionales, independientemente de su signo político, desde hace muchos años, han establecido un salario mínimo con fuerza legal, estableciendo una cuantía básica obligatoria a cancelar por la jornada legal de trabajo. Esto con la idead de impedir el abuso patronal y garantizar un piso de ingreso a quienes viven de la venta de su mano de obra en los procesos productivos o de generación de servicios en el mercado. Como toda normativa que establezca condiciones reguladoras, la existencia del sueldo mínimo tiene encontradas opiniones, según el interés de quien las formula. En todos los países donde se ha establecido, siempre ha existido un debate sobre su continuidad y sobre los montos involucrados.
Para los economistas proclives a las visiones monetaristas o librecambistas, tan cercanos siempre a los grandes intereses económicos, el salario mínimo es un mal innecesario que coarta el dinamismo del mercado laboral, que establece distorsiones en los precios de los productos, que resta competitividad, que aumenta el desempleo, que ampara la injusticia social, etc. Seguramente, porque prima la idea de que las actividades humanas están determinadas por el mercado, y no el criterio de que el mercado debe estar sujeto a las actividades humanas.
Para quienes perciben el salario mínimo o quienes miran su efecto desde miradas mas solidarias, la cifra que legalmente determina su monto siempre será percibida como insuficiente, sobre la base de que, efectivamente, su monto está muy lejos de lo que constituye un mínimo esperable para garantizar condiciones básicas de existencia para quienes lo reciben, los que se encuentran siempre en los niveles más precarios de la educación, de las oportunidades y de la consideración social.
Obviamente el salario mínimo no genera oportunidades, no permite acceder a una mínima calidad de vida y está en la línea de sobrevivencia básica para quien lo percibe, y bajo esa línea cuando hay un grupo familiar dependiendo de ese ingreso. Un salario mínimo, como bien sabemos, permite solo condiciones mínimas de alimentación, vestuario y movilización, y habitualmente ni siquiera hace posible la existencia de esa trilogía elemental.
La idea del sueldo ético, lo que viene a proponer es que debe existir una convención social sobre lo que mínimamente debe ganar un trabajador, lo cual se ha traducido en una cifra propuesta, conocida por la opinión pública, y que bordea el monto que percibe un porcentaje mayoritario de la fuerza laboral del país. Obviamente, el sueldo ético es un concepto que ha generado un debate, que no ha tenido toda la envergadura que debiera tener algo que es tan relevante para la gran mayoría de los chilenos, toda vez que no toca el quid del tema salarial del país. Y no lo toca porque pone el acento solo en otro tipo de sueldo mínimo, cuando en realidad lo que está en la percepción general de la masa trabajadora, es que no existe justicia en la determinación de los salarios por parte de los empleadores.
Cuando hablamos de justicia, estamos hablando de una voluntad de dar a cada quien lo que le corresponde, sobre la base de cuestiones esenciales que hacen posible la validez humanitaria de cada trabajador, desde la perspectiva de los principios de reciprocidad y equidad, repartiendo cargas y ventajas de acuerdo a las exigencias del proceso generador de riquezas y los resultados de toda actividad en los mercados.
Es un hecho que la idea de justicia no está en la práctica empresarial en nuestro país, y no hay una estrecha relación entre la ética empresarial y la ética social, para establecer las convenciones necesarias que hagan posible la justicia en los sueldos. De este modo, los éxitos de la economía chilena no han llegado de un modo decisivo a quienes han laborado intensamente para hacerlos posible. Así, no ha existido proporción entre las ganancias de los empresarios y los ingresos de sus empleados, entre los sueldos de las gerencias y los sueldos de los empleados de menor nivel en la escala de responsabilidades.
Históricamente, las organizaciones de trabajadores del país han planteado la demanda del sueldo justo, en relación precisamente con el desequilibrio entre los altos sueldos y los sueldos de subsistencia. Ello ha tratado de subsanarse a través de los reajustes porcentuales. Es lo que ha subyacido en las negociaciones colectivas de modo determinante, desde sus orígenes en la legislación laboral chilena. Sin embargo, las organizaciones de trabajadores, en el tiempo actual, no han logrado establecer el debate, que debiera cruzar a la sociedad chilena de modo determinante, en relación a la inequidad en las remuneraciones, que plantea una condición de injusticia manifiesta por la desproporción que la caracteriza. La aspiración de sueldos justos, en consecuencia, se pierde en los laberintos de la discusión del sueldo mínimo o del sueldo ético, cuando lo que está en juego es una concepción en la determinación salarial que no se basa en la valoración equitativa de los distintos aportes al proceso de generación de riqueza que hacen los trabajadores. De este modo, el sueldo justo seguirá siendo una aspiración lejana, pero no por ello menos certera sobre lo que corresponde en una sociedad civilizada. Al fin y al cabo, en las sociedades más avanzadas, es donde menos importancia tienen los salarios mínimos legales, como consecuencia de criterios de justicia y equidad, y de los equilibrios que se originan entre los sueldos más altos y los más bajos.
Bibliografía
1. Economía global y moral, Ettore gotti tedeschi. Rino Cammilri
2. Economía moral y católica. Ediciones Cristiandad, ADRID 2008.
3. Introducción a la economía.
Michael Parkin
Melanie Powell
Kent Matthews 2013 Pearson Educación Madrid.
PEDRO LEYTON RODRIGUEZ
Contador Auditor, Ingeniero Comercial
Perito Judicial IC de Apelaciones Santiago y Coyhaique.
Diplomado en Fraudes, Delitos Económicos, Cohecho (UCH)
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